martes, 9 de octubre de 2007

5 - El Pistolero y el Hombre de Negro



El hombre de negro lo condujo a un antiguo campo de matanza para celebrar consejo. El pistolero lo reconoció de inmediato; un Gólgota, un lugar de la calavera. Y blanqueadas calaveras los contemplaban imperturbablemente: reses, coyotes, ciervos, conejos. Aquí, el alabastrino xilófono de una hembra de faisán muerta mientras se alimentaba; allí, los minúsculos y delicados huesecillos de un topo, muerto quizá por un perro salvaje por puro entretenimiento.

El Gólgota era un cuenco excavado en la descendente falda de la montaña y, más abajo, a alturas inferiores, el pistolero pudo ver algunas yucas y esmirriados pinos.

Sobre sus cabezas, el firmamento era de un azul tan suave como no lo había visto en doce meses, y había un algo indefinible que hablaba del mar a no demasiada distancia.

Estoy en el Oeste, Cuthbert, se dijo en tono admirativo.

Y, naturalmente, en cada calavera, en cada redondel de ojo vacío, veía el rostro del chico.

El hombre de negro tomó asiento sobre un viejo tronco de madera y de hierro. Tenía las botas blanqueadas por el polvo y por la harina de huesos que recubría el lugar. Se había tapado de nuevo la cabeza, pero el pistolero distinguía con toda claridad la forma cuadrangular de la barbilla, y el color de la mandíbula. Los sombreados labios se contrajeron en una sonrisa.

- Recoge leña, pistolero. Esta vertiente de la montaña es más suave, pero, a esta altitud, el frío aún es capaz de clavarle a uno un puñal en el estómago. Y estamos en un lugar de muerte, ¿eh?
- Te mataré - respondió el pistolero.
- No, no lo harás. No puedes. Pero puedes recoger leña para recordar a tu Isaac.

El pistolero no comprendió la referencia. Sin decir palabra, empezó a reunir leña como un vulgar ayudante de cocinero. La madera escaseaba. No había hierba del diablo en aquella vertiente, y aquel palo de madera y hierro no era combustible. Se había petrificado. Finalmente regresó con un gran brazado, polvoriento e impregnado de huesos desintegrados, como si lo hubiera rebozado en harina. El sol se estaba poniendo por detrás de las yucas más altas, y adquiría matices rojizos, que él contemplaba con funesta indiferencia por entre las negras ramas torturadas.

- Excelente - aprobó el hombre de negro. ¡Cuán excepcional eres! ¡Cuán metódico! ¡Te saludo! - Se rió entre dientes, y el pistolero arrojó la leña a sus pies con un golpe que alzó nubes de polvo de huesos.

El hombre de negro no se sobresaltó ni retrocedió; sencillamente, comenzó a preparar el fuego. El pistolero contempló, fascinado, cómo cobraba forma el ideograma (esta vez, nuevo). Cuando estuvo terminado, parecía una pequeña y complicada chimenea doble de unos sesenta centímetros de altura. El hombre de negro levantó una mano hacia el cielo, recogiéndose la voluminosa manga hasta descubrir unos dedos finos y elegantes, y la bajó rápidamente, con el índice y el meñique extendidos en el símbolo tradicional del mal de ojo. Hubo un destello de llama azul y el fuego quedó encendido.

- Tengo cerillas - explicó el hombre de negro con voz jovial -, pero he pensado que te gustaría la magia. Un regalo, pistolero. Ahora, prepara nuestra cena.

Se agitaron los pliegues de su túnica, y el cuerpo despellejado y limpio de un rollizo conejo cayó al suelo.

El pistolero espetó el conejo en silencio y lo puso a asar. Un sabroso aroma se alzó mientras el sol acababa de ponerse. Violáceas sombras se deslizaron, hambrientas, sobre la hoya que el hombre de negro había elegido para enfrentarse por fin con él. El pistolero sintió cómo las tripas le gruñían de hambre, sin parar, mientras el conejo se doraba. Pero cuando la carne estuvo cocida y sus jugos encerrados bajo la tostada superficie, tendió el espetón al hombre de negro, sin una palabra, y hurgó en su casi vacío hatillo para extraer un último trozo de cecina. La carne estaba salada, le dolía en la boca y sabía a lágrimas.

- Es un gesto vano - observó el hombre de negro, consiguiendo que su voz sonara enojada y divertida al mismo tiempo.
- Aun así - replicó el pistolero.
Tenía minúsculas llagas en el interior de la boca, consecuencia de la falta de vitaminas, y el sabor de la sal le hizo torcer amargamente el gesto.

- ¿Temes que se trate de carne hechizada? - Sí.

El hombre de negro se echó la caperuza hacia la espalda. El pistolero lo contempló en silencio. En cierto modo, el rostro del hombre de negro le produjo una incómoda decepción. Era un rostro apuesto y de facciones regulares, sin ninguna de las marcas y señales que distinguen a una persona que ha pasado por pavorosas circunstancias y posee el conocimiento de grandes secretos ignotos. Tenía el cabello negro, apelmazado y cortado irregularmente. La frente era despejada; los ojos, oscuros y brillantes. La nariz carecía de rasgos distintivos. Los labios eran regordetes y sensuales. La tez, pálida, al igual que la del pistolero.

Este dijo por fin:
- Te imaginaba más viejo.
- No necesariamente. Soy casi inmortal. Habría podido adoptar un rostro más parecido al que tú esperabas, por supuesto, pero he elegido mostrarte aquel con el que nací. Mira, pistolero, el ocaso.

El sol ya se había ocultado, y el firmamento occidental ardía con una tétrica luz de horno.

- No verás otro amanecer durante lo que puede parecerte un tiempo muy largo - le advirtió con suavidad el hombre de negro.

El pistolero recordó el abismo bajo las montañas y luego alzó la vista al cielo, donde las constelaciones se extendían en profusas espirales.

- No me importa - respondió en voz baja -, de momento.

El hombre de negro barajó las cartas con vertiginosa rapidez. La baraja era muy grande, y complicado el dibujo del dorso de los naipes.

- Son cartas de tarot - decía el hombre de negro. Una combinación de los arcanos habituales con otros diseñados por mí. Fíjate atentamente, pistolero.
- ¿Por qué?
- Voy a leerte el futuro, Roland. Se debe dar la vuelta a siete cartas, una por vez, y situarlas en conjunción con las otras. Han pasado más de trescientos años desde la última vez que hice esto. Y sospecho que nunca volveré a leer cartas como las tuyas. El tonillo burlón se infiltraba de nuevo, como un soldado nocturno kuviano con el cuchillo de matar en la mano. Eres el último aventurero del mundo. El último cruzado. ¡Cómo debe de complacerte eso, Rolando! Pero no te imaginas lo cerca que estás de la Torre, cerca en el tiempo. Mundos giran en torno a tu cabeza.

- Lee mi fortuna, pues - respondió ásperamente.

Dio la vuelta a la primera carta.

- El Ahorcado - dijo el hombre de negro. La oscuridad le había devuelto la caperuza- . Pero aquí, sin relación con ninguna otra, significa fuerza y no muerte. Tú, pistolero, eres el Ahorcado, que no deja de avanzar trabajosamente hacia su objetivo sobre todos los fosos del Hades. Ya has arrojado al foso a un acompañante, ¿verdad?
Volvió la segunda carta.

- El Marinero. Fíjate en su lisa frente, en las mejillas sin barba, en los ojos doloridos. Se ahoga, pistolero, y no hay nadie que le eche un cabo. El chico. Jake.

El pistolero hizo una mueca y no dijo nada.

Apareció la tercera carta: un mandril sonriente montado a horcajadas sobre el cuello de un joven. El joven tenía el rostro vuelto hacia arriba, y sus facciones componían una estilizada máscara de espanto y horror. Observando más atentamente, el pistolero vio que el mandril blandía un látigo.

- El Prisionero - explicó el hombre de negro.

La hoguera proyectaba movedizas y parpadeantes sombras en la cara de la víctima, de forma que ésta parecía moverse y contraerse con mudo terror. El pistolero desvió la mirada.

- Una pizca inquietante, ¿no es cierto? - comentó el hombre de negro, como si estuviera a punto de echarse a reír disimuladamente.

Volvió el cuarto naipe. Una mujer con un chal sobre la cabeza, hilando ante la rueca. Al pistolero, desconcertado, le pareció que sonreía astutamente y sollozaba al mismo tiempo.

- La Señora de las Sombras - observó el hombre de negro -. ¿No te da la impresión de que tiene dos caras, pistolero? Las tiene, en efecto. Un verdadero Jano.
- ¿Por qué me enseñas precisamente éstas?
- ¡No preguntes! - replicó el hombre de negro bruscamente, pero con una sonrisa -. No preguntes. Limítate a mirar. Considéralo un ritual sin sentido, si lo prefieres y te tranquiliza. Como la iglesia.

Se rió entre dientes y volvió el quinto naipe.

Un esqueleto sonriente aferraba una guadaña con óseos dedos.

- La Muerte - dijo el hombre de negro con sencillez. Pero no para ti.

La sexta carta. El pistolero la miró y sintió una extraña y hormigueante premonición en las entrañas. La sensación iba teñida de horror y de alegría, y la emoción en conjunto carecía de nombre. Le hizo sentir ganas de vomitar y de echarse a bailar al mismo tiempo.

- La Torre - anunció suavemente el hombre de negro.

La carta del pistolero ocupaba el centro de la formación, y otras cuatro ocupaban las esquinas, como satélites en torno a una estrella.

- ¿Dónde va ésta? - quiso saber el pistolero.

El hombre de negro colocó la Torre sobre el Ahorcado, cubriéndolo por completo.

- ¿Qué significa eso? - preguntó el pistolero.

El hombre de negro no respondió.

- ¡Dios te maldiga!
No hubo respuesta.

- Entonces, ¿cuál es la séptima carta?
El hombre de negro descubrió la séptima. Un sol se alzaba en un luminoso cielo azul. Cupidos y duendes retozaban a su alrededor.

- La séptima es la Vida - declaró el hombre de negro -. Pero no para ti.
- ¿En qué parte del diseño encaja?
- Eso no te correponde a ti saberlo - dijo el hombre de negro -. Ni a mí.

Echó descuidadamente el naipe a la hoguera moribunda. La carta se chamuscó, se curvó y ardió con viva llama durante un instante. El pistolero sintió que su corazón flaqueaba, y que se le congelaba dentro del pecho.

- Ahora, a dormir - le indicó el hombre de negro, como sin darle importancia -. Tal vez soñar y todo eso.
- Voy a estrangularte - dijo el pistolero.

Tensó las piernas con salvaje y espléndida presteza, y se abalanzó hacia el otro hombre por encima del fuego. El hombre de negro, sonriente, creció ante sus ojos y se retiró por un largo y resonante corredor lleno de pilares de obsidiana. El mundo se llenó con el sonido de una risa sardónica mientras el pistolero caía, moría, dormía.

Soñaba.

El universo estaba vacío. Nada se movía. Nada era.

El pistolero iba a la deriva, a la vez intrigado y divertido.

- Que haya luz - dijo despreocupadamente el hombre de negro, y hubo luz.

El pistolero pensó, de un modo indiferente, que la luz era buena.

- Ahora, oscuridad por encima, y estrellas en la oscuridad. Y agua por debajo.

Así ocurrió. El pistolero derivaba sobre mares interminables. Por encima, las estrellas titilaban eternamente.

- Tierra - invitó el hombre de negro.

Y la hubo; ella misma se alzó sobre las aguas en interminables convulsiones galvánicas. Era roja, árida, agrietada y estéril. Los volcanes escupían incesante magma como gigantescos granos en la abombada cabeza de un adolescente feo.

- Vale - dijo el hombre de negro. Ya es un comienzo. Que haya plantas. Arboles.

Hierbas y campos.

Los hubo. Aquí y allí vagaban dinosaurios que se gruñían, se bufaban y se devoraban el uno al otro, y quedaban atrapados en hirvientes y odoríferos pozos de brea. Por todas partes crecieron inmensas selvas tropicales. Helechos gigantescos saludaban al firmamento con sus cerosas hojas, sobre algunas de las cuales se arrastraban curiosos escarabajos de dos cabezas. Todo esto vio el pistolero, y aun así se sentía grande.

- Ahora, el hombre - dijo en voz baja el hombre de negro, pero el pistolero caía... caía hacia arriba.
El horizonte de aquella vasta y fecunda tierra comenzó a curvarse. Sí, todos decían que era curvado, todos los maestros le aseguraron que así había quedado demostrado mucho antes de que el mundo cambiara. Pero aquello...

Más y más lejos. Ante sus atónitos ojos se formaron continentes, y espirales de nubes los cubrieron. La atmósfera del mundo lo envolvía como una bolsa amniótica. Y el sol, alzándose sobre los hombros de la tierra...

Profirió un chillido y se llevó un brazo ante los ojos.

- ¡Que haya luz! La voz que gritó ya no era la del hombre de negro. Era una voz gigantesca y resonante que llenaba el espacio, y los espacios entre los espacios.
- ¡Luz!
Cayendo, cayendo.

El sol se encogió. Un planeta rojo surcado de canales pasó vertiginosamente ante él, con dos lunas orbitando furiosamente a su alrededor. Un cinturón de rocas giraba como un remolino. Un gigantesco planeta bullía de gases, demasiado grande para sostener su propio peso y, por lo tanto, achatado por los polos. Un mundo anillado destellaba con su ceñidor de heladas espéculas.

- ¡Luz! Hágase...

Otros mundos, uno, dos, tres. Mucho más allá del último, una solitaria esfera de hielo y roca orbitaba en muerta oscuridad alrededor de un sol que apenas resplandecía más que una moneda bruñida.

Tinieblas.

- No - dijo el pistolero y su voz sonó apagada y carente de ecos en la oscuridad: Era más oscuro de lo imaginable. Al lado de aquello, la más oscura noche del alma de un hombre era como el mediodía. Las tinieblas del interior de las montañas no eran más que una tiznadura en el rostro de la luz -. Basta, por favor, basta ya. Basta...
- ¡LUZ!
- Basta. Basta, por favor...

Las propias estrellas comenzaron a encogerse. Galaxias enteras se reunieron y se convirtieron en manchitas sin mente. Todo el universo parecía contraerse hacia él.

- Jesús basta basta basta...

La voz del hombre de negro susurró sedosamente a su oído:
- Renuncia, pues. Desecha todo pensamiento de la Torre. Sigue tu camino, pistolero, y salva tu alma.
- ¡NO! ¡NUNCA!
- ENTONCES, ¡HÁGASE LA LUZ!
Y la luz se hizo, aplastándolo como un martillo, una luz grande y primigenia. En ella pereció la conciencia... pero, antes, el pistolero aún alcanzó a ver algo de importancia cósmica. Se aferró a ello con un esfuerzo agónico y buscó su propio ser.

Huyó de la demencia que tal conocimiento implicaba y, con ello, regresó a sí mismo.

Todavía era de noche; la misma u otra distinta, aquello no había forma de saberlo.

Se levantó del sitio en que había caído tras su demoníaco salto hacia el hombre de negro y miró en dirección al tronco de madera y de hierro sobre el que el hombre de negro se había sentado. Ya no estaba.

Le invadió una gran sensación de desespero.
- Dios mío, tener que empezar de nuevo -, y justo entonces el hombre de negro le habló a sus espaldas: - Estoy aquí, pistolero. No me gustaba tenerte tan cerca. Hablas en sueños. Se rió entre dientes.

El pistolero, que a duras penas había conseguido ponerse de rodillas, volvió la cabeza. Del consumido fuego sólo quedaban rojos rescoldos y cenizas grises, amontonados en el dibujo ya familiar de la leña quemada. El hombre de negro estaba sentado junto a los restos de la hoguera y se relamía con los grasientos residuos del conejo.

- Lo has hecho bastante bien - comentó el hombre de negro. Jamás habría podido enviar a Marten una visión semejante. Hubiera regresado babeando.
- ¿Qué era? - preguntó el pistolero. Fueron palabras confusas y temblorosas. Sentía que, si trataba de ponerse en pie, sus piernas se negarían a sostenerlo.
- El universo - explicó despreocupadamente el hombre de negro. Con un eructo, arrojó los huesos al fuego, donde refulgieron con malsana blancura. Sobre los bordes del Gólgota, el viento silbaba con profunda melancolía.
- El universo - repitió el pistolero en tono inexpresivo.
- Quieres la Torre - dijo el hombre de negro. Parecía tratarse de una pregunta.
- Sí.
- Pero no la tendrás - añadió el hombre de negro y sonrió con brillante crueldad -. Tengo una idea muy aproximada de lo cerca del borde que has estado. La Torre te mataría a medio mundo de distancia.
- No sabes nada de mí - protestó el pistolero con calma, y la sonrisa se borró de los labios del otro.
- Yo hice a tu padre y yo lo hundí - declaró hoscamente el hombre de negro -. Llegué a tu madre por mediación de Marten y la tomé. Estaba escrito, y sucedió. Soy el último satélite de la Torre Oscura. Me ha sido concedido pleno poder sobre la Tierra.
- ¿Qué he visto? - preguntó el pistolero. Hacia el final... ¿qué era? - ¿Qué te ha parecido? El pistolero guardó silencio, pensativo. Buscó su tabaco, pero ya no le quedaba. El hombre de negro no se ofreció a rellenar la petaca, ya fuera por magia negra o blanca.
- Había luz - dijo al fin el pistolero -. Una gran luz blanca. Y luego... Se interrumpió y contempló al hombre de negro. Estaba inclinado hacia adelante y tenía inscrita en el rostro una emoción ajena, demasiado pronunciada como para negarla o desmentirla.

Curiosidad.

- No lo sabes - concluyo el pistolero, y comenzó a sonreír. Oh, gran hechicero que da vida a los muertos. No lo sabes.
- Lo sé - replicó el hombre de negro. Pero no sé... qué.
- Luz blanca - repitió -. Y luego... Una hoja de hierba. Una sola hoja de hierba que lo llenaba todo. Y yo era minúsculo. Infinitesimal.
- Hierba.
El hombre de negro contrajo los párpados. El rostro estaba demacrado y las facciones, tensas.
- Una hoja de hierba. ¿Estás seguro?
- Sí -el pistolero frunció el ceño -. Pero era morada.

Entonces, el hombre de negro empezó a hablar:
- El universo - explicó - presenta una paradoja demasiado vasta para que una mente finita pueda abarcarla. Del mismo modo en que el cerebro viviente no puede concebir un cerebro no viviente - aunque tal vez crea que sí puede -, la mente finita no puede abarcar el infinito.

"El prosaico hecho de la existencia del universo frustra de por sí al pragmático y al cínico. Hubo una época, quizá cien generaciones antes de que el mundo cambiara, en que la humanidad había efectuado suficientes progresos técnicos y científicos como para arrancar unas cuantas esquirlas de la gran columna pétrea de la realidad. E incluso entonces, la falsa luminaria de la ciencia (del conocimiento, si lo prefieres) solo brillaba en unos pocos países desarrollados.

"Aun así, a pesar del enorme incremento en el número de hechos conocidos, la comprensión era notablemente escasa. Nuestros padres, pistolero, triunfaron sobre la "enfermedad - que - pudre", a la que denominamos cáncer, casi vencieron el envejecimiento, llegaron a la luna...

- Eso no me lo creo - dijo, lisa y llanamente, el pistolero.

Ante aquello, el hombre de negro se limitó a sonreír y contestó:
- No hace falta que lo creas. Y prosiguió -: Construyeron o descubrieron un millar de prodigiosas fruslerías. Pero toda esta riqueza de información no les dio una mayor comprensión, o muy poca. No se escribieron grandes odas a las maravillas de la inseminación artificial...
- ¿La qué?
- Consiste en tener hijos a partir de un esperma congelado.
- Y una mierda.
- Como gustes... Aunque ni siquiera los antiguos fueron capaces de producir niños a partir de esta materia. O lo del "coche - que - se - mueve - solo". Pocos, si es que hubo alguno, parecían haber comprendido el Principio de la Realidad; todo nuevo conocimiento conduce siempre a misterios aún más pavorosos. Un mayor conocimiento fisiológico del cerebro hace que la existencia del alma resulte menos posible y a la vez más probable por la misma naturaleza de la búsqueda. ¿Te das cuenta? Claro que no. Estás envuelto en tu propia aura romántica, y te acuestas cada día en compañía de lo arcano. Pero ahora estás aproximándote a los límites, no de una creencia, sino de la comprensión. Estás cara a cara con la entropía inversa del alma.

"Pero vamos a lo más prosaico: "El mayor misterio que presenta el universo no es la vida, sino el Tamaño. El Tamaño abarca la vida, y la Torre abarca el Tamaño. El niño, que se siente a gusto con lo maravilloso, pregunta: ¿Qué hay más allá del cielo, papá? Y el padre contesta: La oscuridad del espacio. El niño: ¿Qué hay más allá del espacio? El padre: La galaxia. El niño: ¿Más allá de la galaxia? El padre: Otra galaxia. El niño: ¿Y más allá de las demás galaxias? El padre: Nadie lo sabe.

"¿Lo ves? El tamaño nos derrota. Para el pez, el lago en que vive es el universo.

"¿Qué piensa el pez cuando es arrastrado por la boca más allá de los plateados límites de la existencia, hacia un nuevo universo donde el aire lo sofoca y la luz es una demencia azul? ¿Dónde enormes bípedos sin branquias lo meten en una caja asfixiante y lo cubren de hierbas mojadas para dejarlo morir?
"O podríamos tomar la punta de un lápiz y ampliarla. Llegamos así a realizar un descubrimiento que nos aturde: la punta del lápiz no es sólida, sino que se compone de átomos que giran y orbitan como un trillón de planetas enloquecidos. Lo que nos parece sólido no es en realidad más que una floja red, sostenida por la gravitación. Si encogiéramos hasta el tamaño adecuado, las distancias entre estos átomos se convertirían en leguas, golfos, eones. Y los átomos están a su vez compuestos de núcleos y protones y electrones que giran a su alrededor. Podríamos dar un paso más, hasta las partículas subatómicas. Y luego, ¿qué? ¿Taquiones? ¿Nada? Claro que no. Todo en el universo desmiente la nada, sugerir una conclusión a las cosas es una imposibilidad.

"Si cayeras hacia el exterior, hacia el límite del universo, ¿encontrarías una cerca y carteles que indicaran CALLEJON SIN SALIDA? No. Quizás encontraras algo duro y redondeado, como el polluelo debe de ver el huevo desde el interior. Y si quebraras esa cáscara, ¿qué gigantesca y torrencial luz brillaría a través de tu agujero en el límite del espacio? ¿Atisbarías acaso por él y descubrirías que todo nuestro universo no es sino una parte de un átomo de una hoja de hierba? ¿Te verías quizás obligado a pensar que al prender fuego a una ramita estás incinerando una eternidad de eternidades? ¿Que la existencia no se yergue hacia un infinito, sino hacia una infinidad de ellos?
"Tal vez hayas visto qué papel desempeña nuestro universo en el plan de las cosas: el de un átomo en una hoja de hierba. ¿Podría ser acaso que todo lo que percibimos, desde el virus infinitesimal hasta la remota nebulosa de la Cabeza de Caballo, esté contenido en una mera hoja de hierba... que quizá sólo lleva existiendo uno o dos días en un sistema temporal ajeno? ¿Y si esta hoja fuese segada por la hoz? Cuando comenzara a morir, ¿se infiltraría la descomposición en nuestro propio universo y en nuestras propias vidas, volviéndolo todo amarillento, pardusco y marchito? Puede que eso ya haya comenzado a suceder. Decimos que el mundo ha cambiado; tal vez lo que queremos decir en realidad es que ha comenzado a secarse.

"¡Piensa en cómo nos empequeñece este concepto de las cosas, pistolero! Si hay un Dios que lo contempla todo, ¿administra Él acaso la justicia para una raza de mosquitos entre una infinidad de razas de mosquitos? ¿Verá su ojo cómo cae la golondrina, cuando la golondrina es menos que una mota de hidrógeno que flota inconexa en las profundidades del espacio? Y si en verdad lo ve... ¿cuál debe de ser la naturaleza de un Dios tal? ¿Dónde vive? ¿Cómo es posible vivir más allá del infinito?
"Imagínate las arenas del desierto de Mohaine, que cruzaste para encontrarme, e imagínate un trillón de universos - no mundos, sino universos - encapsulados en cada grano de arena de ese desierto; y dentro de cada universo, infinidad de ellos. Nos erguimos sobre esos universos desde nuestro patético punto de observación en una hoja de hierba; con un golpe de tu bota puedes sumir en la oscuridad un billón de billones de mundos, en una cadena que nunca podrá completarse.

"El Tamaño, pistolero... El Tamaño...

"Vayamos aún más lejos. Supongamos que todos los mundos, todos los universos, se reunieran en un solo nexo, una sola pilastra, una Torre. Una escala, quizás, hacia la propia Divinidad. ¿Osarías, pistolero? ¿Podría ser que, por encima de toda esta realidad sin límites, existiera una Habitación...?
"No osarías.
No osarías.

- Alguien ha osado - replicó el pistolero.
- ¿Y quien puede ser ese alguien?
- Dios - respondió el pistolero serenamente. Sus ojos relucían -. Dios ha osado... ¿O acaso la habitación está vacía, vidente?
- No lo sé. Por las regulares facciones del hombre de negro cruzó una sombra de temor, blanda y oscura como un ala de buitre -. Más aún, no lo pregunto. Puede que no fuera prudente.
- ¿Tienes miedo de caer fulminado? - preguntó irónicamente el pistolero.
- Quizá tenga miedo de que me pidan cuentas - contestó el hombre de negro, y por un tiempo reinó el silencio.

La noche iba a ser muy larga. La Vía Láctea se extendía sobre ellos con refulgente esplendor, pero terrorífica en su vacuidad. El pistolero trató de imaginar qué sentiría si aquel firmamento de tinta se rasgara y dejara pasar un torrente de luz.

- El fuego - dijo al fin. Tengo frío.

El pistolero dormitó y al despertar vio que el hombre de negro lo miraba de una manera ávida y malsana.

- ¿Qué estás mirando?
- Te miro a ti, por supuesto.
- Pues no me mires. Hurgó en las cenizas, destruyendo la precisión del ideograma.

No me gusta. Se volvió hacia el este para ver si se atisbaba algún vislumbre de luz, pero aquella noche parecía no tener fin.

- ¿Tan pronto buscas la luz?
- He sido hecho para la luz.
- ¡Ah, muy cierto! ¡Y muy descortés por mi parte el haberlo olvidado! Pero aún tenemos mucho de qué hablar, tú y yo. Pues así me lo ha dicho mi amo.
- ¿Quién?
El hombre de negro sonrió.

- ¿Vamos a decir la verdad, entonces? ¿No más mentiras? ¿No más glammer?
- ¿ Glammer? ¿Qué significa eso?
Pero el hombre de negro insistió:
- ¿Habrá verdad entre nosotros, de hombre a hombre? ¿No como amigos, sino como enemigos e iguales? Es una oferta que rara vez te harán, Rolando. Sólo los enemigos se dicen la verdad. Los amigos y los amantes se mienten interminablemente, atrapados en la telaraña de su sentido del deber.

- Digamos, pues, la verdad. Nunca había faltado a ella, durante aquella noche.

Empieza diciéndome qué significa glammer.

- Glammer es hechizo, pistolero. El hechizo de mi amo ha prolongado esta noche y seguirá prolongándola... hasta que nuestro asunto haya concluido.
- ¿Cuánto tiempo llevará eso?
- Mucho. más no puedo decirte. Yo mismo lo ignoro.
El hombre de negro se acercó al fuego, y las refulgentes ascuas proyectaron dibujos sobre su rostro.
-Pregunta.
-Te diré lo que sepa. Me has atrapado; es justo. No creía que lo consiguieras. Y, sin embargo, tu búsqueda apenas ha empezado. Pregunta. Verás qué pronto llegaremos al meollo.
- ¿Quién es tu amo?
- Nunca lo he visto, pero tú deberás verlo. Para llegar a la Torre, antes debes llegar a él, el Extraño Sin Edad.
El hombre de negro sonrió secamente.
- Debes matarlo, pistolero. Pero creo que no era eso lo que deseabas preguntarme.
- Si nunca lo has visto, ¿cómo es que lo conoces?
- Se me apareció una vez, en sueños. Vino a mí como un mozalbete, cuando yo vivía en un país lejano. Hace mil años, o cinco o diez. Vino a mí en los días en que los antiguos aún no habían cruzado el mar. En un país llamado Inglaterra. Hace muchos siglos me imbuyó mi sentido del deber, aunque hubo diversas tareas entre mi juventud y mi apoteosis. Tú eres una de ellas, pistolero. Contuvo una risita. Ya lo ves, alguien te ha tomado en serio.
- Este Extraño, ¿carece de nombre?
- Oh, sí lo tiene.
- ¿Y cuál es su nombre?
- Maerlyn - dijo en voz baja el hombre de negro, y en algún lugar de la oscuridad hacia el este, donde se alzaban las montañas, un desprendimiento de rocas subrayó sus palabras y un puma aulló como una mujer. El pistolero se estremeció, y el hombre de negro se encogió de miedo -. Pero tampoco creo que fuera eso lo que deseabas preguntarme. No está en tu naturaleza el pensar con tanta anticipación.

El pistolero conocía la pregunta, había estado royéndolo toda la noche y, le parecía, desde años atrás. La pregunta temblaba en sus labios, pero no la formuló... aún no.

- Este Extraño, este Maerlyn, ¿es un satélite de la Torre, como tú mismo?
- Mucho mayor que yo. Se le ha concedido el vivir hacia atrás en el tiempo. Él se oscurece. Él es tintura. Está en todos los tiempos. Pero aún hay alguien más grande que él.
- ¿Quién?
- La Bestia - susurró el hombre de negro, temeroso -. El guardián de la Torre. El originador de todo glammer.
- ¿Y qué es? ¿Qué hace esta Bestia...?
- ¡No preguntes más! - gritó el hombre de negro. Su voz aspiraba a la severidad, pero se deshizo en una súplica -. ¡No lo sé! No quiero saberlo. Hablar de la Bestia es hablar de la ruina de la propia alma. Ante la Bestia, Maerlyn es como yo soy ante él.
- ¿Y después de la Bestia están la Torre v lo que la Torre contiene?
- Sí - susurró el hombre de negro -. Pero nada de todo esto es lo que tú deseas preguntar. Cierto.
- Muy bien - asintió el pistolero, y a continuación formuló la pregunta más vieja del mundo -: ¿Nos conocemos? ¿Nos hemos visto antes en algún lugar? - Sí.
- ¿Dónde? - El pistolero se inclinó hacia delante con impaciencia. Se trataba de su destino El hombre de negro se cubrió la boca con las manos y se rió como un chiquillo.
- Me parece que ya lo sabes.
- ¡¿Dónde?!
Se puso en pie, y sus manos se posaron en las gastadas culatas de su revólveres.

- Con éstos no, pistolero. Éstos no abren puertas; sólo las cierran para siempre.
- ¿Dónde? - repitió el pistolero.
- ¿Debo darle una pista? - preguntó el hombre de negro a las tinieblas -. Sí, creo que debo dársela.
Miró al pistolero con ojos que ardían.
- Hubo un hombre que te dio un consejo. Tu instructor...
- Sí, Cort - le interrumpió el pistolero.
- El consejo era esperar. Fue un mal consejo. Pues ya entonces los planes de Marten contra tu padre estaban en marcha. Y cuando tu padre regresó...
- Lo mataron - concluyó el pistolero, vacío de expresión.
- Y cuanto tú volviste y lo viste, Marten se había ido... Se había ido hacia el oeste.

Sin embargo, en el séquito de Marten había un hombre, un hombre que lucía los ropajes de un monje y la cabeza afeitada de un penitente...

- Walter - susurró el pistolero. Tú... Tú no eres Marten. ¡Eres Walter!
El hombre de negro esbozó una sonrisita.

- Para servirte.
- Tendría que matarte ahora mismo.
- Eso no sería justo. Después de todo, fui yo quien te entregó a Marten tres años más tarde, cuando...
- Entonces, ¡me has manipulado!
- En cierto modo, sí. Pero ya no, pistolero. Ha llegado el momento de compartir.

Luego, por la mañana, echaré las runas. Soñarás. Y entonces deberá comenzar tu verdadera búsqueda.

- Walter - repitió el pistolero, atónito.
- Siéntate - le invitó el hombre de negro. Te contaré mi historia. La tuya, creo, será mucho más larga.
- No suelo hablar de mí mismo - masculló el pistolero.
- Aun así, esta noche debes hacerlo. Para que ambos podamos comprender.
- Comprender, ¿qué? ¿Mi propósito? Ya lo conoces. Mi propósito es encontrar la Torre. Lo he jurado.
- Tu propósito, no, pistolero. Tu mente. Tu lenta, tenaz y laboriosa mente. En toda la historia del mundo no ha existido otra como ella. Quizás en toda la historia de la creación.
- Ha llegado la hora de hablar. La hora de las historias.
- Pues habla.

El hombre de negro sacudió la voluminosa manga de su túnica. Un paquete envuelto en papel de aluminio cayó al suelo y reflejó las brasas moribundas en sus numerosos pliegues.

- Tabaco, pistolero. ¿Quieres fumar? - Había rehusado el conejo, pero no pudo rehusar aquello.
Abrió el paquete con dedos anhelantes. En su interior había tabaco finamente picado y también hojas verdes para envolverlo, asombrosamente húmedas. Hacía diez años que no veía un tabaco así.
Lió un par de cigarrillos y les cortó los extremos con los dientes para que fluyera el sabor. Acto seguido, le ofreció uno al hombre de negro, que lo aceptó. Ambos recogieron del fuego sendas ramitas encendidas.

El pistolero prendió su cigarrillo y aspiró una profunda bocanada del aromático humo, con los ojos cerrados para mejor concentrar los sentidos. Exhaló con lenta y morosa satisfacción.

- ¿Es bueno? - inquirió el hombre de negro.
- Sí. Muy bueno.
- Disfrútalo. Puede ser el último cigarrillo que fumes en mucho tiempo.

El pistolero recibió la advertencia sin inmutarse.

- Muy bien - dijo el hombre de negro. Para empezar, debes comprender que la Torre ha existido siempre, y siempre ha habido muchachos que conocen su existencia y que la codician más que el poder, el dinero o las mujeres...

Conversación hubo, toda una noche de conversación y sólo Dios sabía cuánto tiempo más, pero luego el pistolero recordó muy poco de ella... y a su mente, curiosamente práctica, poco le pareció de importancia El hombre de negro le dijo que debía dirigirse hacia el mar, que no distaba más de treinta kilómetros de nada hacia el oeste, y que allí sería investido con el poder de invocar.

- Pero eso tampoco es del todo exacto - añadió el hombre de negro, arrojando su cigarrillo hacia los restos de la fogata. Nadie desea investirte con ninguna clase de poder, pistolero; está en ti, sencillamente, y yo no estoy obligado a decírtelo, en parte por el sacrificio del chico y en parte porque es la ley, la ley natural de las cosas. El agua debe correr cuesta abajo, y tú debes saber. Invocarás a tres, según tengo entendido... pero, en realidad, ni me interesa ni quiero saberlo.
- Los tres - musitó el pistolero, pensando en el Oráculo.
- Y entonces comenzará la verdadera diversión. Pero, para entonces, hará mucho que yo me habré ido Adiós, pistolero. Ya he cumplido mi tarea. La cadena sigue en tus manos. Cuida de que no se te enrosque en torno al cuello.

Impulsado por algo ajeno a él, Roland observó:
- Tienes otra cosa más que decirme, ¿no es cierto?
- Sí - respondió el hombre de negro, y sonrió al pistolero con aquellos ojos sin profundidad y extendió hacia él una de sus manos. Que se haga la luz.

Y hubo luz.

Rolando despertó junto a las cenizas del fuego y se encontró diez años más viejo. La negra cabellera raleaba en las sienes y se había vuelto gris como las telarañas al final del otoño. Los surcos de la cara eran más profundos, y la tez más áspera.

Los restos de la madera que él mismo había recogido estaban petrificados, y el hombre de negro era un riente esqueleto envuelto en una podrida túnica negra, otro montón de huesos en aquel osario, otra calavera más en el Gólgota.

El pistolero se puso en pie y miró a su alrededor. Contempló la luz, y vio que la luz era buena.

Con rápido ademán, tendió la mano hacia los restos de su acompañante de la noche anterior... una noche que, de algún modo, había durado diez años. Arrancó la quijada de Walter y la embutió descuidadamente en el bolsillo de atrás de sus tejanos, como adecuado sustituto para la que había perdido en las montañas.

La Torre. En algún lugar, más adelante, estaba esperándole. El nexo del Tiempo. El nexo del Tamaño.

Echó de nuevo a andar hacia el oeste, dándole la espalda: al amanecer, rumbo al océano, sabedor de que había llegado a una importante transición en su vida, y de que la había superado.

- Te quería, Jake - dijo en voz alta.

La rigidez de su cuerpo comenzó a disolverse y anduvo cada vez más deprisa. Al caer la tarde, había llegado ya al final de la tierra. Se sentó en una playa que se extendía interminablemente a derecha e izquierda, desierta por completo. Las olas batían incansables contra la orilla, azotándola una y otra vez. El sol poniente dibujaba una gran franja dorada sobre las aguas.

Allí tomó asiento el pistolero, el rostro vuelto hacia la menguante luz. Soñó sus sueños y vio salir las estrellas, no se alteró su resolución, ni flaqueó su corazón; los cabellos, ya más finos y grises, ondeaban en torno a la cabeza, y las pistolas de su padre, con culatas de sándalo, reposaban suave y mortíferamente sobre sus caderas.

Estaba solo, pero en modo alguno juzgaba que la soledad fuera una cosa mala o innoble. La oscuridad envolvió al mundo y el mundo cambió. El pistolero esperaba el momento de invocar y soñaba sus largos sueños sobre la Torre Oscura, a la que un día llegaría, a la hora del crepúsculo, y a la que se acercaría, blandiendo su olifante, para librar una inimaginable batalla final.
* Cabeza de Caballo: Nebulosa conocida astronómicamente como NGC 2024. Es difícilmente visible salvo con potentes instrumentos. Se halla en la región de Orión. (N. del T.)

1 comentario:

Jesùs Luna dijo...

Tienes razon en algo Diego... SOY CASI INMORTAL!!!!!!! xD

Muy interezante lectura, estare pendiente de como va evolucionando.